Por Ramón Rosales Córdova
México es un país de una enorme riqueza cultural. Sus tradiciones, su música, su gastronomía y sus costumbres son resultado de siglos de historia, de la mezcla de distintos pueblos y, sobre todo, de la capacidad de los mexicanos para conservar su identidad a pesar de los cambios que ha sufrido nuestra sociedad. Una de las tradiciones más representativas de esta riqueza cultural es, sin duda, el Día de Muertos. Cada año, entre el olor del copal, las flores de cempasúchil, las veladoras y los altares, millones de familias mexicanas recuerdan a quienes ya no están, a los que se adelantaron. No se trata solamente de una celebración religiosa o de una costumbre heredada. Es una manera particular de comprender la vida y la muerte, de mantener vivos los recuerdos y de reconocer que nuestra existencia también está formada por aquellos que nos precedieron.
Sin embargo, nuestras tradiciones enfrentan un problema que merece nuestra atención. Vivimos en una sociedad donde la influencia cultural extranjera es cada vez mayor. La expansión de las grandes empresas, los medios de comunicación y las plataformas digitales ha permitido que costumbres de otros países ocupen un espacio creciente en nuestra vida cotidiana. El Halloween, por ejemplo, ha adquirido una presencia importante en México, particularmente entre los más jóvenes. Quiero aclarar que no se trata de rechazar las tradiciones extranjeras por el simple hecho de serlo. La cultura nunca ha permanecido inmóvil y el intercambio entre los pueblos también puede enriquecerla. El problema aparece cuando ese intercambio deja de ser equilibrado y las expresiones culturales propias comienzan a ser desplazadas por aquellas que cuentan con mayores recursos económicos para difundirse.
Porque detrás de esta influencia también existen intereses comerciales. Las grandes empresas han encontrado en las celebraciones una oportunidad para vender productos, imponer modas y convertir prácticamente cualquier manifestación cultural en mercancía. Así, mientras las tradiciones extranjeras reciben enormes campañas publicitarias, muchas de nuestras costumbres sobreviven gracias al esfuerzo de las familias y las comunidades que se niegan a olvidarlas. El Día de Muertos nos permite comprender que la cultura no es un simple adorno de nuestra sociedad. En los altares, en cada platillo tradicional y en cada ceremonia comunitaria se encuentra una parte de nuestra historia de lo que somos. No es lo mismo la celebración en la Huasteca potosina, con el Xantolo, que en Michoacán, Oaxaca o cualquier otra región del país. Cada pueblo ha construido sus propias expresiones, y esa diversidad es precisamente una de nuestras mayores riquezas. Por eso, conservar nuestras tradiciones no debe reducirse a organizar festivales o colocar altares una vez al año. Es necesario conocer su origen, transmitir su significado a los jóvenes y garantizar que las comunidades puedan seguir practicándolas.
Defender nuestra cultura tampoco significa vivir aferrados al pasado. Es para comprender de dónde venimos para decidir, con mayor conciencia, hacia dónde queremos ir. Un pueblo que conoce su historia tiene más elementos para reconocer su valor y evitar que otros definan por él su identidad. Hoy, cuando tantas cosas parecen tener un precio y las costumbres se convierten fácilmente en productos de consumo, mantener viva una tradición como el Día de Muertos adquiere un significado especial. Porque mientras existan familias que coloquen una ofrenda, niños que aprendan el significado del cempasúchil y comunidades que transmitan sus costumbres, seguirá viva una parte fundamental de lo que somos como mexicanos.